UTOPÍA ESTRELLADA
El encuentro entre los Pueblos, en un mundo sin fronteras, donde las Culturas pueden expresarse en la riqueza y variedad de conocimientos y tradiciones ancestrales, como la sagrada Coca verde: semejante utopía … merece correr cualquier riesgo, a cualquier precio.
Era julio de 1994, en la selva del Chapare de Bolivia, donde desde un año llevaba, como única extranjera la operación de solidaridad Rayos de sol, con el apoyo de los sostenedores de mis aventuras, incluso cuando … batallas perdidas.
En colaboración con las comunidades indígenas y los dirigentes de la Federación de los Trabajadores Campesinos del Trópico de Cochabamba (FETCTC), bajo el liderazgo de Evo Morales Ayma, sindicalista aymara y secretario ejecutivo, se iba trabajando con el objetivo principal del desarrollo integral de las comunidades de la región, incluyendo la defensa, revalorización y promoción de la Coca, la planta sagrada del mundo andino-amazónico.
La operación militar contra el narcotráfico, llamada Nuevo Amanecer – de peso internacional por la participación activa de la DEA de EEUU – conjuntamente con las fuerzas policiales y militares de Bolivia, incrementó aún más los ya altísimos niveles de tensión palpable en la región.
Cientos de campesinos, hombres, mujeres y hasta adolescentes y niños fueron retenidos y detenidos, por períodos variables de tiempo, incluso talvez largos, es sede de la DEA en Chimoré, por motivos a menudo insignificantes, incluso para no llevar una tarjeta de identidad, que a veces se les pedía sin sentido, por ejemplo a las mujeres lavando ropa en el río. Unas mujeres embarazadas dieron a luz en prisión, donde habían sido recluidas, en algún caso con otros niños; para los menores de edad intervenía la organización Defensa de los Nuños internacional.
Los líderes de los cocaleros fueron tomados como blanco, con el claro objetivo de romper la unidad del movimiento campesino: el dirigente Germán Felipe de Villa 14 de Septiembre fue detenido en el mes de julio, durante unos días, antes en la DEA en Chimoré, y luego en Cochabamba, para haber protestado a causa de la incautación de una cantidad de hojas de Coca, que él consideraba estar dentro de los límites de la legalidad.
Durante la detención había sido sometido a intensa presión, también para que firmara una declaración ya preparada en la que declaraba de participar en la narcoguerrilla.
Incluso el dirigente Felipe Cáceres García fue detenido durante varias horas el 21 de julio de 1994, mientras que los representantes extranjeros de algunas instituciones internacionales activas en Bolivia, fueron sometidos a largas interrogaciones por funcionarios de INTERPOL, en cuanto a sus relaciones con los dirigentes de las organizaciones campesinas.
En cuanto a mí, el mismo 21 de julio, en el puesto de control del Castillo, en Villa Tunari, un militar de la fuerza especial contra el narcotráfico de Bolivia, llamada Leopardos, me exigió que quitara de mi jeep Toyota la Wiphala, la bandera indígena con los colores del arco iris, en cuadraditos, que me habían donado las comunidades del Chapare, con quien colaboraba, para que fuese más claramente identificada, a lado de los campesinos, en sus reivindicaciones sociales y en la lucha por la autodeterminación de los Pueblos. Tras mi negativa, un teniente del puesto de control arrastró violentamente la Wiphala, causando mi reacción y una pelea para recuperar la posesión de la bandera, con consecuentes amenazas de arresto y detención.
El 23 y 24 de julio siguiente, hubo varias reuniones de la Comisión de derechos humanos, conformada por el abogado y diputado de oposición, Dr. Ramiro Barrenechea, el abogado y representante de la Asamblea permanente por los derechos humanos, Dr. Edwin Claros, por el representante de la Conferencia Episcopal de Bolivia, Víctor Vacaflores y los representantes de las organizaciones de trabajadores, Cimar Victoria de CSUTCB y Juan de la Cruz Villca de COB; los encuentros tuvieron lugar en las comunidades de Shinaota, Eteramazama, Isinuta, Chimoré, Ivirgarzama, Villa 14 de Septiembre, con la presencia de Evo Morales Ayma y otros ejecutivos de los campesinos cocaleros, a quienes ofrecí mi colaboración, en todas las formas posibles, incluso poniendo a su disposición, conduciendo yo misma, el vehículo donado a Rayos de Sol.
Se recogieron varias denuncias públicas de la población mediante la documentación de la violencia, el hostigamiento y el daño sufrido por los individuos y los pocos bienes de las comunidades y familias. Mi colaboración con la Comisión de derechos humanos fue, por supuesto, considerado como otra provocación por parte de los militares, que, de hecho, el 25 de julio de 1994 otra vez me pararon e intimidaron, en el puesto de control del Castillo. El 6 de agosto llegó al Chapare un contingente adicional de unos 200 hombres, prediciendo la militarización del Trópico de Cochabamba.
El día lunes, 8 de agosto de 1994, estaba programado llevar una movilización campesina multitudinaria contra las maniobras represivas en acto contra los campesinos cocaleros. Yo había decidido no participar, por razones de prudencia, consciente de estar bajo el tiro de los militares y percibiendo la tensión cada vez que cruzaba por los puestos de control, especialmente cuando estaba en compañía de unos dirigentes cocaleros.
El día de la movilización dos amigos italianos que se encontraban temporalmente conmigo en Villa Tunari, salieron en la madrugada para ir a la movilización campesina; para no molestar al personal de servicio, sobrepasaron la reja de la Residencia turística Sumuqué, donde había obtenido por los propietarios un cuarto para mí y mis huéspedes, como punto de referencia para cuando no estaba en la selva.
Los dos jóvenes fueron detenidos por los centinelas que custodiaban la sede de los Leopardos, adyacente a la Residencia turística Sumuqué: el fotógrafo de prensa fue acompañado a la movilización campesina por los militares mismos, gracias a su cualificación profesional documentada, mientras que el voluntario Ángelo dio mi nombre como referencia, siendo él recién llegado al Chapare desde Italia para un tiempo de voluntariado, luego de haber conocido Rayos de sol durante una corta campaña de solidaridad que llevé con Evo Morales en mayo 1994; una de las reuniones se tuvo en Treviglio, en donde Angelo vivía, gracias a los contactos del Padre Aldo, religioso de los Padres Blancos Misioneros de África, en aquel entonces misionero por allá.
A las 8.15 de la mañana un juez militar, con algunos oficiales y soldados, apareció en mi puerta y, después de comprobar mi identidad, me ordenó ir a reconocer al joven, así que él pudiera ser soltado; en la sede de los Leopardos me pusieron muchas preguntas, tanto el juez militar como y el representante del Gobierno, Víctor Hugo Canelas. Respondí todas las preguntas y entregué una copia de mi Currículum Vitae, con unas fotos y las referencias legales y logísticas de Rayos de sol, en la ciudad de Cochabamba.
Volví al Sumuqué con el voluntario, percibiendo que la tensión era muy intensa, debido a la masiva movilización de campesinos, prevista aquella misma mañana en Chimoré. Me senté a escribir en el porche, cuando a las 10:30 de la mañana volvió el juez militar, acompañado esta vez por una gran escolta de militares y agentes especiales: me informó que había denuncia en mi contra por actividades ilícitas, relacionadas con el narcotráfico, bajo el disfraz de acciones filantrópicas, por lo cual debían inspeccionar mi habitación, por lo cual reaccioné, como por las injustas acusaciones, ya que no había una orden judicial para la inspección y el juez militar no tenía derecho de jurisdicción.
No consiguiendo nada, me lo arreglé para llegar a la sala de recepción y llamé a Moisés Kestenbaum, mi abogado en Cochabamba, luego de luchar para recuperar mi agenda, que los militares se habían llevado para impedir que hiciera llamadas telefónicas; apuntaron las armas en contra de mí … pero yo llamé de todos modos. El abogado me dijo que una inspección sin una orden judicial estaba contra la nueva ley en Bolivia, pero que yo no tenía ninguna opción, siendo ellos armados y al mando del Gobierno, mientras que él se encontraba a unas cuatro horas de viaje en coche, para llegar a Villa Tunari. Tuve, entonces, que atender a la solicitud de llevar a los militares hasta mi habitación, donde empezó la inspección, mientras que yo estaba en la puerta, comentando en voz alta las injusticias que se estaban cometiendo, contra mí, así como contra los campesinos y la Coca sagrada.
Aunque los militares hubiesen salido de mi habitación, diciendo al juez delante de mí, que no se había encontrado nada – y por supuesto buscaban drogas … – el juez decidió llevarme a Chimoré para una declaración oficial, con el voluntario Ángelo, cuya habitación también había sido sometida a inspección, a pesar de que él no estaba involucrado en nada, llevando poco tiempo por ahí.
Pedí que me dejasen sola para vestirme para lo que presentía que podría ser … un viaje … tal vez … sin retorno, pero se me negó y tuve que proceder a la operación con la puerta abierta y un militar apuntando el arma en mi contra; había solo una ventana junto a la puerta y no hubiese podido escapar de ningún lado…
Me puse mis vaqueros y mocasines negros, camisa roja, chaleco andino y tomé mi pasaporte… nada más…; me lo arreglé para llegar al teléfono otra vez, para dejar un mensaje en el contestador de mi abogado, diciendo que nos estaban llevando, luego traté de tranquilizar al voluntario, que estaba asustado y no se daba razón de lo que iba sucediendo.
Imaginando que si no hubiésemos regresado, algunas autoridades volverían para una inspección más minuciosa, conseguí darle las llaves de la jeep Toyota blanca de Rayos de sol a una de las chicas empleadas en el Sumuqué, que se había acercado para averiguar lo que estaba sucediendo; estaban de viaje aquel día los propietarios, que siempre habían sido muy buenos conmigo y a veces me habían alertado contra los peligros que corría, en declararme tan abiertamente en el Chapare a favor de la Coca, de los cocaleros y, sobre todo, de Evo Morales Ayma.
Nos subieron a un jeep blindado blanco, con escolta armada, seguido por otro vehículo parecido que partieron rumbo a Chimoré; después de unos dos kilómetros, la movilización de los campesinos cocaleros bloqueaba la carretera y los dos vehículos intentaron en vano pasar por la masa humana, provocando la reacción de los manifestantes, armados con palos, piedras y machetes.
Dos ejecutivos de Villa 14 de Septiembre – creo acordarme el nombre Abelino – me reconoció y se acercó a la ventanilla del jeep, que hice deslizar, a pesar de las armas apuntadas; ellos preguntaron: ¿Pasa algo? y yo respondí: ¡Sí! fijándoles atentamente, como para enviar un mensaje, sin hablar; por supuesto entendieron y se activaron inmediatamente, yendo a informar a los ejecutivos de los cocaleros y Evo Morales Ayma, quien ese día lideraba la movilización, que se estaba llevando una acción militar represiva en contra mío y del voluntario Ángelo.
Los militares se pusieron nervosos, así que rápidamente se revirtió la dirección de marcha hacia la ciudad de Cochabamba, después de una breve parada en Sumuqué, para tomar una chaqueta pesada, previendo el clima frío de Cochabamba y… tal vez … en La Paz.
De las 16.45 de la tarde hasta las 4.30 de la mañana del 9 de agosto 1994 nos mantuvieron incomunicados, bajo interrogación, en la sede de INTERPOL, tanto yo como el voluntario, en lugares separados, con muchos cuestionamientos obsesivos, presiones e intimidaciones.
Hicieron lo imposible para que declarara estar vinculada al movimiento terrorista Sendero Luminoso y a unos grupos del Ejército guerrillero Tupac Katari (EGTK) …; me enseñaron varias fotos en que se suponía que debería reconocerme reunida con aquellos grupos, pero allí yo estaba de ninguna manera; me acusaron de financiar una guerrilla cocalera en el Chapare, de impulsar maniobras para desestabilizar el Gobierno boliviano y hacer puente con Europa para obtener fondos para actividades subversivas.
En ese momento comprendí que los investigadores habían llegado espontáneamente a entender cuán absurdas fuesen las acusaciones de narcotráfico contra mí, como no había pruebas de ninguna clase y tan apasionada y clara se manifestaba mi defensa de la sagrada Coca verde.
La única mujer que me interrogó fue agresiva, agria, e, intentando hacerme capitular en todos los sentidos, descaradamente intentó violar mi privacidad, para obtener declaraciones falsas contra los ejecutivos de los campesinos cocaleros, con chantajes, insultos, ironías y falsedades, persistiendo por informaciones de todo tipo; yo nunca negué mi colaboración con las comunidades y la FETCTC, en sus justas demandas sociales y culturales, como en sus reivindicaciones para la justicia y el desarrollo.
Por supuesto de mí no logró nada más que la verdad, aunque su interés morboso volviese continuamente, insistente y malvado, sobre Evo Morales Ayma, con una sed voraz de cualquier detalle; fue de veras difícil soportar la presión, pero yo lo logré, manifestando lealtad y coherencia siempre total y radical.
Esa noche, como era de esperar, un juez militar fue enviado al Sumuqué, donde incautaron todo lo que estaba en mi habitación: archivos, correspondencia, documentos, dinero que estaba destinado para los gastos previstos para esos días, para la realización del Centro de Salud de Namatamojo, que asciende, entre dólares estadounidenses y moneda boliviana, a un monto equivalente a unos 3.200 dólares estadounidenses… y el jeep Toyota Hilux, 024, CEP, nuevito, de sólo tres semanas y ni 2000 kilómetros, donado por los sostenedores italianos.
Alrededor de las 4:00 de la mañana tomé un mate de Coca, cuando me dejaron finalmente en paz, después que unas mujeres policías me maltrataron, me echaron contra la pared, insultándome y luego me golpearon y me tiraron al suelo, para obtener declaraciones falsas que de mí nunca habrían obtenido, siempre con un interés morboso en Evo Morales Ayma.
A las 7:00 de la mañana del 9 de agosto de 1994, con Ángelo, que también había estado bajo presión, con métodos injustificados de intimidación, teniendo en cuenta que acababa de llegar a Bolivia, con poco conocimiento de la lengua y de realidad socio-política en conflicto de la región del Chapare, el jefe de la sección investigativa y un mayor de INTERPOL nos llevaron por tierra a La Paz, en la sede de la Policía de Investigación Política, CEIP, en donde permanecimos desde la tarde del 9 de agosto hasta las 5.30 de la madrugada del 11 de agosto de 1994.
Durante el viaje, siempre fascinante a través de los valles hasta las alturas de los Andes, hubo algunas paradas, para desayuno y almuerzo; yo me negué a comer, ante la sospecha de que me podrían envenenar, dado que para los investigadores me estaba revelando un hueso más duro que lo esperado; me mantuve con el uso tradicional de la Coca, ya que habían accedido a entregarme las hojas, sin objeciones.
Durante la parada para el almuerzo, un poco más larga que para el desayuno, ya en grandes altitudes, bajo el sol brillante y los cielos azules de los Andes, uno de los dos militares que nos acompañaban, aparentemente amable, me llevó aparte y me dijo que hubiese sido mejor que llegara a un acuerdo con él: era suficiente que revelara los secretos de los líderes campesinos cocaleros –por supuesto tenía interés en los nombres más destacados—y así, ayudando con la investigación, saldría del lío sin percances y me llevarían directamente de vuelta al Chapare, sin mencionar el incidente.
En el extremo intento de hacerme caer en su trampa dijo que se conformaría con una única denuncia, es decir que debía confirmar que Evo Morales Ayma estaba vinculado al tráfico internacional de drogas y mi palabra habría sido suficiente para extraditarlo hacia EEUU, dando sentido a toda la operación represiva en acto; tan miserable me pareció su estrategia, que sólo logró fortalecer mi defensa de Evo Morales y de los cocaleros, a cualquier precio…
Le dije, respetuosamente, pero con firmeza, que de mí sacaría sólo la verdad, que yo había aceptado voluntariamente apoyar las reivindicaciones de los campesinos cocaleros, quienes estaban actuando de manera legal, en plena luz del día, que ningún dirigente sindical, por lo que estaba en mi conocimiento, tenía que ver con situaciones ilegales del narcotráfico y que hiciesen conmigo lo que le viniese en gana, ya que yo no temía nada.
También intenté explicarle, con poco resultado, que yo no fui a Bolivia por intereses personales y materiales y que, para mí, las Causas de los Pueblos y el Respeto hacia la Vida son problemas graves y temas de tomar en serio con radicalidad hasta sus últimas consecuencias y que eso lo había visto meter a la práctica por los campesinos cocaleros…
A la llegada a CEIP me llevaron a una prisión, donde un militar abrió una de las puertas de metal pesado, descubriendo una celda, amplia y llena de gente, sobre todo mujeres y niños; con un guiño de un guardia apareció una mujer que posiblemente se esperaba que yo reconociera, cayendo en una trampa o que lo mismo pasara con ella, en la sorpresa para ambas del encuentro inesperado.
Era una mujer campesina que yo había bien conocido en el Chapare, una de las mujeres más activas en el trabajo social y en la defensa de la Coca: sólo unos días antes había sido detenida por supuestos, pero no probados, vínculos con el narcotráfico. Ella me miró con una mirada totalmente fría e indiferente, como para decir que dependía de mí declarar que la conocía o no, porque ella no tomaría ninguna iniciativa. No tuve duda en afirmar que la conocía … y la conocía como una de las compañeras más comprometidas en el movimiento campesino.
Reflexionando luego, me di cuenta de cómo había sido honesta y coherente, porque hubiese podido coger la oportunidad de denunciarme, por algún hecho sospechoso, aunque falso, y tal vez salir así de aquel infierno, regresando a su familia, que estaba en el Chapare.
Los agentes de la escolta me miraron por un momento, perplejos, les oí decir que no era el caso de que me encerrasen allá abajo y el grupo partió, entonces hacia los pisos superiores, donde me reuní con Ángelo y nos sentamos en un salón muy elegante, en aquel edificio de estilo claramente colonial.
Se nos permitía acercarnos a los pequeños balcones en las mañanas, en el frío sol del invierno andino, siempre bajo el tiro de los soldados armados que nos vigilaban; por la noche nos entregaron dos colchones, con algunas mantas, tendidos en la esquina del mismo salón; para acceder al baño había que pedir permiso y ser acompañado por la escolta armada.
Las horas se llenaron de investigaciones y preguntas más detalladas, técnicamente más sofisticadas y menos provocantes … o sea … cosas de película, excepto que realmente así estaba sucediendo.
Nos sacaron fotografías de cada perspectiva y se compilaron decenas de páginas de encuesta, con preguntas muy psico-socio-analítica, sobre hábitos cotidianos, actitudes, gustos en ropa, alimentos, armas, animales, intereses culturales, artísticos, en deportes, preferencias geográficas, niveles de estudios, antecedentes familiares… nombre de batalla, entre otro.
Por supuesto respondí todo, no teniendo ninguna limitación de idioma y creyendo tener bastante claro el escenario de los hechos; informé que en el Chapare todos me llamaban doctorita, por si acaso quisiesen anotarlo como mi nombre de batalla y que tenía un machete, con mi nombre grabado en el mango, que se había quedado en el pahuichi de Namatamojo.
Reflexionando sobre mis vivencias anteriores, en la onda de los recuerdos, empezaba a tener la sensación muy real de que probablemente acabaría expulsada, también por lo que me dijo después un capitán que nos custodiaba en el salón, quien siempre fue muy amable junto con un joven soldado.
Sin embargo pensé que Ángelo, el voluntario italiano, sería invitado a regresar a Italia por su cuenta, ya que tenía billete de avión de ida y vuelta, o a continuar su estadía en Bolivia, fuera de la región del Chapare.
En ese lugar los días eran eternos y el único vínculo con el mundo eran los muchos periódicos que llegaban sobre la inmensa mesa: múltiples y flagrantes fueron en aquellos días las noticias acerca de nuestro asunto y las declaraciones de Evo Morales Ayma, de los dirigentes de los campesinos cocaleros y de personalidades políticas de la oposición sobre lo absurdo de lo que estaba pasando.
La tarde del 10 de agosto de 1994, el capitán se sentó a mi lado y me pidió comer una sopa con él; fue amable y lo acepté; entonces él me habló y me dijo que era de origen indígena quechua, amante de su patria y su cultura, pero obligado por las circunstancias a aceptar el trabajo en las fuerzas armadas de lucha contra el narcotráfico, por tener mejor sueldo, gracias a la financiación internacional de la guerra contra la Coca.
Me dijo que la verdadera tragedia de mi situación era que yo tenía razón, que era maravilloso lo que había comenzado en el Chapare, pero yo me había encontrado en el momento y en el lugar donde era necesario un chivo expiatorio, como chispa entre campesinos cocaleros y fuerzas de represión … y yo había sido el elemento ideal en aquel escenario conflictivo; me permitió llamar a mi abogado, a quien dejé un mensaje en el contestador, y me dijo que al día siguiente todo se resolvería, con mi retorno al Chapare; me anunció también una reunión con un representante del Gobierno boliviano y un miembro de la Embajada de Italia.
El representante del Gobierno se lanzó a un discurso acusatorio, casi sin pausa ni para respirar; lo escuché, atenta e inmóvil, y luego pedí la palabra, que me fue concedida e ilustré mi anterior recorrido humanitario, el trabajo que se logró en el Chapare y las razones de la Coca verde, colocando definitivamente mi obra contra el narcotráfico y las drogas; permaneció pensativo por un momento, admitió que no había tenido toda la información que yo acababa de proporcionarle y prometió hablar con el Ministro del Interior boliviano.
El joven funcionario de la Embajada de Italia había llegado a La Paz desde aproximadamente un mes, parecía todavía poco adaptado, me dijo que a pesar de todo se me veía en buenas condiciones, que el Embajador hablaría sobre el caso con el Ministro del Interior boliviano y que yo podría presentarme a la Embajada al día siguiente, cuando todo se acabaría. Me obligué a creer que él supiera lo que estaba hablando, pero ya lo tenía claro que … el Destino ya iba por su camino…
En vano pedí reunirme personalmente con el Ministro del Interior boliviano …
Otra noche de frío intenso en La Paz y, a las 5.30 de la madrugada del 11 de agosto de 1994, llegó el capitán, para llevarnos a Cochabamba…; me pareció raro que, después de habernos llevado a La Paz en coche nos hiciesen volver por avión. De hecho, apenas emprendimos el viaje en coche, el capitán dijo al chofer American Airlines… y así fue confirmado que había sido decretada la expulsión.
Tuve el único momento de crisis y grité con rabia, maldiciendo el Ministro del Interior de Bolivia, que sólo unos pocos meses más tarde sería alejado del Gobierno con la acusación de vínculos con el narcotráfico; afirmé que los campesinos y las comunidades del Chapare continuarían sus reivindicaciones y se movilizarían en mi defensa también.
El capitán, siempre amable, a pesar de la difícil situación en la que había venido a encontrarse, me tranquilizó, diciendo que desde Europa podría comunicar con lo que había sido mi pueblo, apoyar la Causa y también hacer todo lo posible para volver; agregó que estaba seguro que un día no lejano nos encontraríamos en el Chapare pacificado, a comer con un buen pescado de su tierra…
Ninguna autoridad, ni de la Embajada de Italia, apareció en el aeropuerto; el capitán hizo las prácticas de embarque y me quitó la bolsita con las hojas de Coca; frente a la entrada del túnel nos entregó el billete de avión y el pasaporte con un sello rojo, de toda una página entera: Expulsado de Bolivia por injerencia política …






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